cine/crítica

El rincón de Javier C.: Magia a la luz de la luna


Magia a la luz de la luna

Magia a la luz de la luna

Un año más, y ya llegó la nueva película de Woody Allen. Él afirma que seguirá rodando, como Clint Eastwood, hasta que la salud le abandone; sin embargo, su ritmo de producción es superior a la de cualquier otro gran director que yo recuerde. Por ello, y no sin falta de razón, suele decirse de él que ya nunca recuperará su gran nivel, que la velocidad con que dirige le impide reposar el acabado de su obra: y él replica que rara es la ocasión en que revisa una película una vez la ha concluido. Dejando la cuestión de si cada vez empeora o se vuelve rancio, o si acaso su nivel siempre ha sido muy semejante y ahora tan sólo sobrevaloramos el pasado, aclaro desde el principio que, a mi parecer, Magia a la luz de la luna nunca llegará a colarse entre las mejores 20 obras de Allen. Y, sin embargo, se trata de una película tan pequeña como agradable, con tanta dejadez en el guión como encanto en el desarrollo.

Emma Stone y Colin Firth

Emma Stone y Colin Firth

No descubrirá el espectador nada en ella que no haya expresado, de un modo u otro, ya anteriormente en su filmografía: los mismos temas recurrentes siguen ahí. Tal vez cada vez más desnudos y directos, como esa constante y muy explícita asociación de la mentira con la felicidad, y la verdad con el cinismo y la tristeza; cómo una visión veraz de las cosas nos convierte a todos en unos serios y algo tristes racionalistas. O el hombre maduro y con pareja que flirtea con una mujer joven y fresca, o se siente atraído por ella sin que pueda entender del todo por qué (esta peligrosa y nunca concluida afección de Allen por los protagonistas infieles debería tener escamada a Soon-Yi). En cierto modo, y éste sería uno de los defectos de la película, el mensaje que Allen quiere transmitir se enuncia demasiado evidente y controlado. Siempre ha sido un hombre de dualidades, pero parece como si en las últimas dos décadas ya no aportara muchos matices intermedios, o relieves atenuantes al menos, entre las dos posturas entre las cuales sitúa a sus personajes (aunque él, como autor o demiurgo, bien sabe de antemano qué postura es la verdadera), lo cual aplana la posible riqueza de la película, que tal vez con algo más de disimulo hubiese volado más alto. En cuanto al otro defecto, el de la prisa o la pereza, consiste en que los giros del guión le salen de una manera demasiado desganada y deliberada. No se molesta lo más mínimo en darle a los hechos ni una pizca de emoción. Todo cuanto sucede ocurre de golpe, sin clímax, sin que parezca interesar en sí cada escena: en fin, como si lo único relevante fuera dar el paso firme hacia lo siguiente, que a su vez resultará ser otro paso. Y así hasta que concluye la película.

Cada día queremos más a Emma Stone...

Cada día queremos más a Emma Stone…

Dos muestras tan obvias de falta de ganas por parte de Allen como guionista deberían hundir la película. Sin embargo no es así.

En primer lugar, porque los actores sí insuflan vida al texto, con un vigor extraordinario por parte de Colin Firth y Emma Stone, absolutamente magníficos. Tampoco desmerecen los secundarios, entre los cuales destacaría sobre el resto, ligeramente, a Eileen Atkins. Ya que Allen tiene fama de no dirigir apenas a los actores, y a dejar que éstos hagan un poco lo que les salga de las narices (mientras la cosa no se desmadre), cuando un actor aparece en una de sus películas podemos estar seguros de que ahí veremos su capacidad para actuar sin otra brújula que su instinto. Cada actor se retrata a sí mismo: recordemos a Penélope Cruz como una loca sin mesura a la hora de sobreactuar, a Owen Wilson diciendo “¡Guau!” mientras no sabía si meterse o no las manos en los bolsillos, o a una Kirstey Alley alcanzando lo cómico-sublime en apenas cinco minutos de Desmontando a Harry.

Pues bien: puede decirse que la magia de Magia a la luz de la luna la ponen tanto los actores excelentes como la bellísima fotografía del brillante Darius Khondji. El resto de sus encantos reside en las marcas de agua de Allen, que sellan todas sus películas por igual: una banda sonora de jazz agradable y bien escogido, sencillos travellings que acarician la pantalla, un ritmo que nunca aburre, y la sensación de permanecer, durante hora y media, a esa high class, a esos happy few, con sus hermosas vistas al mar, sus mansiones, y sus dudas espirituales y encantadoras.

  Nota: 6 

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