cine/crítica

Los ojos amarillos de los cocodrilos


Diferentes ojos en una ración de sobremesa

Los ojos amarillos de los cocodrilos

Los ojos amarillos de los cocodrilos

Los ojos amarillos de los cocodrilos es la primera novela de la trilogía “best-seller” creada por Katherine Pancol y ahora llevada a la gran pantalla por Cécile Telerman, tercer largometraje de la directora belga tras ¿Por qué las mujeres siempre queremos más? (2005) Toda la culpa es de mi madre (2009).

El film estrena la ilusión a través de una sábana blanca, alegoría de la pantalla de cine (ya utilizada por Víctor Erice con anterioridad), para evocar la mirada primigenia, la de los infantes que van descubriendo el mundo a partir de sus inocentes ojos y la que permite el cine cada vez que muestra una imagen. Y precisamente son de dos niñas las sombras que refleja tal sábana; pronto descubrimos los personajes que se esconden tras ellas y que han ido formándose con el paso de los años, con las sucesivas miradas cargadas de experiencias. Iris (Emmanuelle Béart) y Jo (Julie Depardieu)son esas dos niñas, hermanas con personalidades completamente opuestas, ya visibles en la infancia, y completamente patentes en la edad adulta. Iris es rubia, Jo morena, Iris sigue los cánones occidentales imperantes de belleza, Jo es más descuidada en cuanto al físico, Iris tiene carisma y dinero, es una triunfadora sin esfuerzo, Jo, en cambio, atraviesa problemas económicos, muestra poca confianza en sí misma y resguarda su timidez y sus miedos detrás de los libros de historia a los que dedica su talento.

Julie Depardieu y Emmanuelle Béart

Julie Depardieu y Emmanuelle Béart

Lo único que las une aparte de su relación de fraternidad es la añoranza de una vida soñada que no pudo ser. Por eso Iris, ansiosa por obtener mayor reconocimiento social, en una cena de egos revela sus intenciones de escribir una novela inspirada en el medievo del siglo XII, tema de estudio de la tesis doctoral de su hermana Jo. Entonces Iris pedirá a Jo que escriba la novela por ella a cambio de “donarle” todas las ganancias obtenidas de la venta de ejemplares. El punto de inflexión vendrá cuando el éxito abrumador de la obra literaria y el gusto de Iris por una vida de entrevistas, espectáculo y marketing provocador obligue a Jo a enfrentarse a sus miedos y cambiar su vida.

Como las dos anteriores películas de Telerman, Los ojos amarillos de los cocodrilos (2014) está muy centrada en el aspecto psicológico. Sin embargo, no consigue llegar a embaucar emotivamente a los espectadores, pues juegan en su contra la previsibilidad de un film domado por los cánones, la estética telefilmera de una película de sobremesa y la aparición de unos personajes más esbozados que dibujados. Por un lado, nos encontramos personajes que nos cuentan su historia pero no tienen el peso suficiente en la trama principal, con lo que se quedan entre dos aguas, por otro lado, personajes “metidos con calzador”, como ocurre con aquel interpretado por Quim Gutiérrez, y finalmente los personajes de las dos protagonistas, que llegan a resultar maniqueos y un tanto cargantes, en un metraje que excede del tiempo requerido por el guión.

Cenando con Quim

Cenando con Quim

Sin embargo, en contraposición a esos personajes tan estereotipados que nos presenta la directora, la película encuentra su punto fuerte en el juego de miradas con el que Telerman da a entender la idea de la relatividad de una realidad que es diferente según quién la mire, y que llega a su punto álgido (cinematográficamente hablando) en un momento dado del film en el que Jo va al cine a ver Rashomon, de Kurosawa. En este sentido los ojos amarillos de los cocodrilos son una mirada añadida, centenaria e inmóvil, a través de la cual es contemplado el mundo. Pero mientras estos cocodrilos van cambiando su piel en ese correr del tiempo, sus ojos aprecian la estanquidad de la condición humana. Esto mismo parece querer mostrarnos Telerman, como si ella de un cocodrilo observante más se tratara, ya que se acerca a la sociedad, las relaciones interpersonales, las rencillas y la pasión a partir del reflejo emitido por el cristalino espejo que envuelve los espacios más íntimos, aquél que se acerca a la realidad más pura.

Así Telerman propone una idea interesante, pero la malograda narratividad tanto de la historia como de los personajes hace que su propuesta quede reducida a unas horas tan sólo incitadoras de entretenimiento y desconexión.

Patricia R. Río

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